sábado, 31 de mayo de 2014

Sueños ajenos


En su frasco de apariencias se hallaban una sonrisa, un abrazo y una lágrima. Tirada encima de la cama con otro par de sueños rotos, jugueteaba con sus finos dedos con un trozo de la sábana que del techo había colgado para poder ascender hasta el cielo que ella misma había construido. Su pelo descansaba sobre la suave almohada llena de recuerdos, ella miraba hacia arriba sin saber muy bien qué estaba buscando. Parece una metáfora como cualquier otra, mas su mirada perdida delataba a su propio ser encarcelado por el peso del orgullo que caía con prepotencia bajo la escucha atenta de su mismo corazón.

Es difícil explicar lo que yo veía. Es difícil.

Ella dejaba escapar algún que otro suspiro de cansancio, sin nadie que pudiera escuchar su lamento. Ante tan imperceptible muestra de sufrimiento en su simple belleza no fui quien de reaccionar.

Ni siquiera se incorporó para darse cuenta de que yo estaba allí, observándola, como siempre lo hacía. Harta de todo dejó caer su brazo con suavidad y, en un gesto de desidia, indicó con sus ojos que no podía más.

Esbozó una amarga sonrisa con sus preciosos dientes que iluminaron en la oscuridad en la que yo había sumido mi corazón. Extrañaba la forma en la que ella decía mi nombre. Realmente, extrañaba todo de ella.

Ahora estaba allí, dándose cuenta de mi presencia, sintiendo mi alma junto a la suya. Encontrando complicidad en su ser incorpóreo, intangible no pude reprimir mi felicidad exuberante. Sin embargo, no era lo mismo que antes.

Allí estaba. Allí estaba y yo no lo vi. Nunca me di cuenta, nunca quise ver aquello que realmente pasaba, aquello que nadie debía saber.

"A mis ojos todo son falsedades. Nada es posible sin la atenta mirada de mí misma. Ellos decían que de mí misma debía enamorarme antes de comenzar a vivir de veras. Ellos decía, yo decidí escucharlos, escucharles esas palabras llenas de promesas que de sus labios salían.

No es fácil ser yo. No es fácil. A veces sufro por todo, otras veces, sufro por no pasarlo mal. Porque no se puede vivir mientras vives siendo el ojo del huracán. Todos esperan algo de ti, y es tan duro decepcionar buscando el éxito. Estoy agotada de ser siempre la que debe caminar ante todos para que a puedan observar. Cansada de ser el modelo que todos pretenden emular. Ellos, los que me prometieron ese mundo plagado de vida, ellos son la causa de mi mayor desgracia, debo moverme a su son.

Una belleza idealizada, ser como todos quieren que seas, alcanzar la más absoluta de las perfecciones, tal vez que te consideren un ángel caído. A veces me pregunto por qué muchos no pueden ser así. Al fin y al cabo, ¿la perfección existe?

Me juraron que no existía, que nunca iba a ser capaz de acercarme a semejante rayo de luz que es ser un ideal. ¿Es triste sentirse vacío cuando todos ven en ti aquello que buscan? ¿Está el mundo lleno de héroes...? Héroes ciegos que buscan su sitio. Yo mientras tanto sigo cumpliendo sueños ajenos.

Sé que estás aquí. Sé que puedes verme. Me sientes y yo te siento en mi alma. No soy capaz de continuar con esto. ¿Quién sabe si mañana aguantaré en la primera línea de batalla? Detrás son todo envidias tras falsos seres. No merezco la vida que me han dado. No merezco ser así.

Tampoco merezco ser así observada. Para mí no es fácil. Estoy sometida a demasiada presión, estoy luchando en una guerra que no me incumbe, estoy cargando con una cruz que no es la mía. Sigo cumpliendo sueños ajenos.

Nadie ha pensado que nunca me pude escoger. No puedo cambiar, por mucho que lo intente. No me hagáis llorar así. No sabéis lo que duele. Duele más que nada, aunque no os lo creáis. Ser alguien odiado por un motivo excusado de culpa. No hay culpable, no hay acusado y tampoco testigos.

Simplemente soy yo. He llegado a odiarme por ser quien soy. He llegado a odiarme. Y sigo cumpliendo sueños ajenos".

Tras verla hablarme a través de su mirada, noté en sus ojos el palpitante dolor. Tras verla me pregunté si se podía sentir culpabilidad e impotencia al mismo tiempo. Me di cuente de que en realidad, después de haber vivido tanto, ni siquiera sabía lo que dolía serlo todo.

La dejé llorando como todas las noches. Sintiendo no poder llegar a tocarla para calmar su sufrimiento. Eso era lo que más añoraba. Yo seguía mirándola como aquella niña que algún día llegué a sostener en mi regazo.

Las lágrimas se asoman a mis ojos mientras veo caer sus propias batallas sobre su colchón. Y siento que yo tampoco puedo seguir cumpliendo sueños ajenos.




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