Nada. Vacío. Lágrimas tras aquella carcajada.
sonrisas entre gotas de rocío,
miradas que queman y hacen reír,
a la luz de la elegante luna,
brillos que yacen en una pupila,
tristeza que nace en tus ojos,
y un manto de vacío. Y finalmente nada.
Nada. Simpleza. Llantos que a ti se me asemejan,
luces tintineantes, deseosas de ti,
estrellas fugaces que escapan de los malos,
y promesas. Tantísimas.
Entonces suspiros contenidos,
vaho donde escribir tu nombre.
Y cristales rotos que abren heridas del pasado.
Un resumen de la simpleza. Y finalmente nada.
Nada. Belleza. Aquellos labios rosados,
aquellas mejillas coloradas,
la piel fría y blanca, tensa,
los ojos entonando los sentimientos del alma,
y una voz fina, aguda, que no cesa,
un hilo irrompible de plata, pero frágil,
pero difícil. Y bello. Finalmente nada.
Nada más. Escúchame; nada.
No somos nada. Nada más que trozos de una historia,
fragmentos sin unir de un cuento,
de una metáfora,
olvidate; no somos nada.
domingo, 18 de mayo de 2014
Verano y estrellas. Copas a la luz de velas♥
Amamos en agosto,
Y cuando el otoño cayó
Con su manto ocre de hojas secas
Creímos en vastas estrellas
Corazones concienzudamente abiertos al amor
Y pensamos en cada canción
Una dedicatoria
Equivocadamente contamos al viento
Nuestras memorias
Y disternidamente el cielo
Apreció nuestras glorias
Pero nuestra pasión se apagó
Como se secaron las flores
Y la hierba tomó
Un oscuro color
Porque amamos en agosto
Y el otoño cayó
No pudo soportar el frío
Nuestro dulce corazón
Y cuando el otoño cayó
Con su manto ocre de hojas secas
Creímos en vastas estrellas
Corazones concienzudamente abiertos al amor
Y pensamos en cada canción
Una dedicatoria
Equivocadamente contamos al viento
Nuestras memorias
Y disternidamente el cielo
Apreció nuestras glorias
Pero nuestra pasión se apagó
Como se secaron las flores
Y la hierba tomó
Un oscuro color
Porque amamos en agosto
Y el otoño cayó
No pudo soportar el frío
Nuestro dulce corazón
sábado, 17 de mayo de 2014
Breve
Era tarde. Muy tarde. El tictac,
el repiquetear de las gotas de lluvia, el viejo disco puesto en el reproductor,
la manta colocada cuidadosamente resguardándome del frío. Sin quererlo, sin
pensarlo, quizás culpable por cometerlo. Quizás.
Reescribí los versos de mi
memoria. Remonté mi alegría a tan solo ciento veintitrés minutos. Minutos que
se eternizan. Que no parecen querer tragarse mi vida y devorarla. Una lágrima
escapó de su cautiverio. Resbalando suavemente por mi mejilla. No queriendo
saber nada de cómo podías sentirte. Pensando en cómo me habías destrozado
enteramente.
Con pena recordé al mundo hace
ciento veintiséis minutos. Recostada a tu lado parecía segura, viva. Tu brazo
descansaba delicadamente sobre mi hombro. Era tuya. Te pertenecía, y lo sabías.
Y tus "te quiero" al oído, que eran el mayor regalo de todo tu mundo,
que creía me incluía. Acariciabas mi pelo con tus dedos, y yo te miraba,
dándome cuenta de que no dejaría jamás de mirarte, hasta que nuestras almas se
desgastasen. Esa fue mi promesa. Mi promesa que decidí hacer realidad en tus
ojos, en los que sin querer evitarlo me perdía.
Y en tus labios me encontraba
para volverme a desorientar. Y soñando me encontraba de nuevo.
La realidad se aleja de los
sueños y caí. Caí y di muy fuerte contra el suelo, despertándome de una vez por
todas de aquel cuento de hadas ficticio.
Y en una brevedad de
sentimientos, me arrepentí de no poder representar mejor mi sufrimiento. Me arrepentí
de tantas cosas en tu ausencia. De tantísimos instantes y de tantos momentos.
Todos ellos diferentes. Compartiendo una esencia. Sintiendo en mis lágrimas
arrojadas pidiendo perdón por hacerlo.
jueves, 15 de mayo de 2014
Dulce
La vi. y estaba exactamente igual que la última vez. Sus largas trenza doradas le caían sobre los hombros. Era preciosa. La mismísima inocencia allí presente. La viva imagen de la infancia sonriéndome, con la mirada avivada, atenta, y los ojos centellando divertidos.
Te recordé. En tiempos pasados, encendiendo velas de colores en atardeceres tempranos, invernales. Apagando de un soplido esperanzas encendidas.
Elegante como una gacela. Tan divertida como gélida. Tan amigable como dura. Y tan especial.
Entonces te entristeciste.Y en un intento de desaparecer miraste hacia atrás.
Amablemente, una joven de piel tensa, lisa, pálida, ojos apagados, tristes, cansados; me saludó, cogió a su hija por los hombros y se la llevó lejos de allí, no sin antes mirarme; y ahí fue cuando te vi. Supe que habías crecido, que ya no eras esa niña de largas trenzas y alegres pupilas. Sino un adulto como todos los adultos. Triste. Apagado. Sin creatividad...Y ya habías dado vida.
Y me entristecí de repente.
martes, 13 de mayo de 2014
Otro punto de vista
Desorientados, perdidos, buscan
su sitio. Sociedades que castigan con el filo de la mirada gélida, la carencia
del cariño y de la importancia de la vida. Y, sin embargo, aguantan a duras
penas el frío de la indiferencia, soportan el peso de la culpabilidad ajena.
Ellos, que se dan cuenta de que
la estupidez aumenta, y nadie lucha sino en vano por erradicarla. La idiotez
incrementa y las lágrimas de impotencia son arrastradas por los mares del
olvido, y se pierden en ellos. Nunca hay mañanas visibles, a estas alturas ya
se pierde la esperanza. Nunca hay persona que quiera despertar para enfrentarse
a la realidad que le toca. Y mientras el mundo huye de sí mismo, avergonzado
por las vidas que se destruyen por salvar orgullo.
La oscuridad nos acecha mientras
ellos están acostumbrados a vivir entre las sombras, ausencia de luz en sus
vidas. Perspectivas que asombran, perfiles que apuntan a la maldad sin darnos
cuenta, mientras ellos viven en los suburbios de los sueños.
Seguimos creyéndonos aptos para
juzgar... pobres inocentes. Ellos pierden su pureza desde que la memoria les
alcanza, aprenden a vivir entre las injusticias y lágrimas... porque no hay
lugar para sonrisas.

Nos pensamos como los dueños de
nuestro destino. Pero hay memorias que todavía recuerdan con dolor cómo sufrían
por conocer sus destinos. Saber que aguantar un día más puede ser la mayor
crueldad y tener que decidir entre abandonarte o abandonar... Y terminar en depresión, indecisión,
inseguridad y roto. Muerto por dentro y sin esperanza.

Pero eso no lo podemos saber.
Ellos sí, porque lo viven. Ellos, los amigos de las sombras. Los fieles amantes
de la noche y de los desgarradores gritos. Su amor es la vida. Su vida, su
dolor. Trágicas víctimas de su propia pasión.
Respiran entre tragedias apasionadas cuando todavía se
sienten capaces de abrir los ojos. Cuando todavía se sienten capaces de soñar.
Pero despiertan para encontrarse el vacío.
Despiertan de la muerte para
morir por dentro. Sueñan en pesadillas para escapar de sus temores. Gritan por
dentro para poder callar su silencio. Viven en la más insólita de las
paradojas. En una metáfora perfecta.
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