Las palabras se agolpaban tristes y mustias al borde del abismo del sonido, intentando luchar por salir de mis labios.
Bajo la piel sentía la sangre coagulante tratando de cerrar las heridas de tanto apretarme, palpitando y caliente.
Mis manos sentían algo tácito y tangible, corpóreo y real. Las puntas de mis dedos resbalaban por su piel sudorosa, que peleaba en la frontera del olvido. Sentían también algo que escapaba, totalmente fuera de su alcance. Tras la tez, que era capaz de tocar y sentir... se alejaba a pequeños pasos su corazón.
Y sus ojos que se desviaban al mínimo contacto con la vergüenza. Una lágrima asomó a los míos, tímida y poderosa al mismo tiempo, como el alma dejándose ir tras los suspiros que salían en lugar de palabras.
La impotencia una vez más, la dejó preguntándose por qué aquellos suspiros no habrían expresado el castigo tan amargo que existía en su interior, por qué esos suspiros taciturnos, aquellos ojos lánguidos y aquellas palabras inexistentes no habrían podido vencer las ataduras de la tan dulce tortura.
domingo, 5 de julio de 2015
jueves, 25 de junio de 2015
Encadenados.
Encadenados estamos,
de pies, de manos,
de mente, de espíritu.
Encadenados cómo esclavos,
creyéndonos libres,
creyéndonos fuertes.
Dependientes cómo estúpidos,
de lo que nos manden depender.
Homogéneos cómo ovejas,
sin manifestar más necesidad
que la de alimentarnos y subsistir.
Carentes de arte, cómo animales,
acobardados, amenazados,
por nuestro igual.
Más matemáticas que poesía,
muchas sumas y pocas rimas,
materiales cómo plásticos.
Estatuas que no se mueven,
que no lloran ni ríen,
robots que obedecen.
Vacíos, libros que no tienen más que tapas,
belleza industrial,
personalidad comprada.
Copias absurdas, encadenadas
a los tópicos,
a los tabús.
A nuestro pasado.
Lo peor de todo,
es que estamos encadenados,
y creemos que somos nosotros los que movemos el hilo.
Que tontas marionetas.

de pies, de manos,
de mente, de espíritu.
Encadenados cómo esclavos,
creyéndonos libres,
creyéndonos fuertes.
Dependientes cómo estúpidos,
de lo que nos manden depender.
Homogéneos cómo ovejas,
sin manifestar más necesidad
que la de alimentarnos y subsistir.
Carentes de arte, cómo animales,
acobardados, amenazados,
por nuestro igual.
Más matemáticas que poesía,
muchas sumas y pocas rimas,
materiales cómo plásticos.
Estatuas que no se mueven,
que no lloran ni ríen,
robots que obedecen.
Vacíos, libros que no tienen más que tapas,
belleza industrial,
personalidad comprada.
Copias absurdas, encadenadas
a los tópicos,
a los tabús.
A nuestro pasado.
Lo peor de todo,
es que estamos encadenados,
y creemos que somos nosotros los que movemos el hilo.
Que tontas marionetas.
martes, 23 de junio de 2015
show
Love of lesbian,
¿Y dónde están las ganas de recuperar ese jamás del que tanto hablabas?
¿Dónde irían a parar todos aquellos parpadeos cansados, suspiros de alivio?
¿Todos los gritos que soltamos al viento?
¿Se borrarán con la lluvia nuestras iniciales?
¿Quién borrará las palabras en vapor de cristal?
¿Quién bajará el telón cuándo termine el show?
¿Quién correrá contigo bajo la lluvia?
¿Cuándo te percatarás de que soy un cristal a punto de estallar?
¿Cuándo, cuándo?
Atentamente, El fin

lunes, 15 de junio de 2015
Aciago.
SI TE VAS... - EXTREMODURO
No nos miramos, ni siquiera nos atrevimos a pestañear. No tuvimos valor suficiente de hacer que los ojos coincidiesen en el tiempo, en aquel lugar. Y por eso nos perdimos.
No nos miramos, ni siquiera nos atrevimos a pestañear. No tuvimos valor suficiente de hacer que los ojos coincidiesen en el tiempo, en aquel lugar. Y por eso nos perdimos.
A ese instante atribuyo la soledad que entre mis sábanas siento, la
timidez con la que todavía me cuesta mirarme desnuda al espejo. Todo
lo que no consigo preguntarme mientras duermo. A ese momento culpo de
no haber podido sentir el tacto de tu cuello moreno por el sol, de
no haber podido enredar mis dedos entre tu pelo, de no haber sentido
que cada vez que me acercaba a ti la distancia entre nosotros dejaba
de existir, de que no hubieses podido respirar a mi espalda.
Porque me hubiese gustado besarte recorriendo cada rincón del
espacio en tus labios, mientras acaricio con las yemas de los dedos
cada uno de los lunares de tu rostro. Buscar contigo un lugar en el
que podamos irnos a mirarnos de cerca todavía más. Un lugar en el
que me cantases esa canción que tanto me gusta, esa canción que sin
que me la hubieses dedicado alguna vez, sé que es nuestra.
También me hubiese gustado haberme aprendido tu olor en cada uno de
los recovecos que tanto escondes, que sonrieses por mi causa, al
coincidir mis ojos con tus manos y que adivinases qué buscaba con
ello. Que te despertases con la esperanza de que, al girarte, yo
estuviese aún dormida, para poder despertarme a tu forma que,
imagino, sería increíble.
Que me encantaría que estuviésemos a tiempo de rectificar y que me
cogieses entre tus brazos y me abrazases para que nunca pudiese
soltarme. Y yo jamás lo haría. Simplemente me quedaría mirando con
ojos brillantes a los tuyos, que hacen que se me olvide mi propio
nombre. Y tú acariciarías mis manos con suavidad, presionando mi
corazón hasta que me pareciese que se rompe; me daría cuenta de que
jamás lograrías que dejase de quererte tanto, tanto que me duele
darme cuenta de que es cierto. Tú posarías tus ojos sobre mis
labios queriendo mandarme un mensaje contradictorio que yo entendería
sin siquiera utilizar una sola palabra. Y, en ese momento, me
besarías tan despacio que pensaría que se estuviera parando el
tiempo, y mi piel se erizaría así como sintiera tus labios
acariciando los míos. Me susurrarías algo casi indescriptible, y
así nos quedaríamos, en una eternidad inversa en la que el caos de
nuestras sábanas solo se arregla diciendo adiós. Una palabra que
nosotros jamás pronunciaríamos. Porque ya te dije que quererte
tanto dolía, y jamás querría dejar que este dolor afrodisíaco
cesase.
Que sufro por cada paso que das sin mí al lado, que no son pocos.
Que pienso en si respiras, en si cruzas la mirada, o si la desvías,
en si todavía tu pensamiento tiene un hueco en su apretada agenda
para dedicarme espacio.
Pero cada segundo que pasa esta falsa realidad se aleja. Aunque me
hubiese gustado saberlo cuando aquella noche, tras no mirarnos,
comencé a pensar que todo esto era posible.
miércoles, 10 de junio de 2015
La mano
"y esas manos tan puras como el coral"
Eran frágiles cómo coral, los dedos finos solo un sencillo anillo de plata lucía en el anular.
Delgados y huesudos detonaban sencillez y elegancia. A partes iguales.
Parecía poder convertir en perlas todo cuánto rozaba.
Era natural, cómo una playa virgen, de clara arena.
Nunca pensé que un hombre se pudiera quedar prendado de una mano. Los hombres si fijan en cuerpos esculturales, largas piernas y elegantes cinturas.
Sin embargo cada vez que caía la noche me asomaba al balcón y desde allí podía ver como un brillo repentino, la mano femenina en el balcón opuesto, acariciando la barandilla con tal delicadeza que me hacía ruborizar.
No había rostro, la densa y traicionera oscuridad impedía ver más.
En cuánto amanecía buscaba esa mano, y cuándo parecía haberla encontrado caía en la cuenta de que el anillo era de oro y no de plata o la mano estaba ligeramente más bronceada.
A mi obsesión le siguió el amor, y llegó a ser tal la querencia por esa mano que le ponía diferentes rostros.
A veces, en mis sueños, la dueña de esa mano era una joven rubia que tocaba el piano.
Otras veces era una bella mujer que le revuelve el pelo a su hijo.

Eran frágiles cómo coral, los dedos finos solo un sencillo anillo de plata lucía en el anular.
Delgados y huesudos detonaban sencillez y elegancia. A partes iguales.
Parecía poder convertir en perlas todo cuánto rozaba.
Era natural, cómo una playa virgen, de clara arena.
Nunca pensé que un hombre se pudiera quedar prendado de una mano. Los hombres si fijan en cuerpos esculturales, largas piernas y elegantes cinturas.
Sin embargo cada vez que caía la noche me asomaba al balcón y desde allí podía ver como un brillo repentino, la mano femenina en el balcón opuesto, acariciando la barandilla con tal delicadeza que me hacía ruborizar.
No había rostro, la densa y traicionera oscuridad impedía ver más.
En cuánto amanecía buscaba esa mano, y cuándo parecía haberla encontrado caía en la cuenta de que el anillo era de oro y no de plata o la mano estaba ligeramente más bronceada.
A mi obsesión le siguió el amor, y llegó a ser tal la querencia por esa mano que le ponía diferentes rostros.
A veces, en mis sueños, la dueña de esa mano era una joven rubia que tocaba el piano.
Otras veces era una bella mujer que le revuelve el pelo a su hijo.
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