sábado, 7 de febrero de 2015

enterrados junto con nuestro prejuicios.

Prejuicios hasta el último latido. Diferentes hasta el último respiro.


No falta mucho para ese momento en el que todos seremos iguales.
Blanco, negro, hombre, mujer, homesexual, heterosexual. Independientemente de nuestros ideales o características.
No más que cenizas.
O restos putrefactos comidos por los ratones.
Huesos roídos por el tiempo.
No más que eso.
¿Tenemos que llegar a la tumba para deshacernos de los prejuicios?








martes, 3 de febrero de 2015

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Ella era dulce, como una rosa blanca. Quebradiza, fina, frágil. 

Era el esteoreotipo de mujer bella. 
Dependiente, inocente, ingenua. 

Pestañeaba con delicadeza, como abanicando el aire. 
Caminaba con coquetería. 
Perfumaba sus vestidos con la más cara agua de flores. 
Llevaba las uñas limadas, el rostro empolvado y el pelo cepillado. 
Los labios pintados de un tono claro, besables, deseados. 




Era la mujer que cualquier hombre deseaba, y estaba en un nivel que cualquier mujer desearía alcanzar. 

Sin embargo, yo era ruda, dura como cuarzo. 
No caminaba erguida ni perfumaba mis arapos con más aroma que el de la naturaleza. 

Era valiente, sincera, divertida. 
Independiente y valerosa. 
Llevaba el pelo enganchado en una cola. 
Mi tez estaba bronceada como el carbón. 
Era una flor de lirio, un rayo de otoño. 
No me dejaba extorsionar ni manipular. 
No pretendía ser bonita, solo fuerte e inteligente. 
No pretendía atraer, mi objetivo no era más que sobrevivir, un día tras otro. 
La rosa blanca y la flor de lirio. 
Yo tenía las espinas. 
Ella tenía la belleza ópaca y sencilla de una flor. 
Yo tenía los pensamientos, ella dibujaba corazones en el vaho. 

Y...no éramos nada más que polos opuestos, pero iguales. 
Dos caras de una misma moneda. 
Dos carriles de una carretera. 
Una bella flor y una mala hierba. 
La pluma y el aguila. 
El temor y la que atemora. 
El cielo y el infierno, allá donde lo haya. 
El trofeo y la vencedora. 

el sueño, y la aspiración. 


                                     

lunes, 2 de febrero de 2015

Adiós.

Entró en su vida como un torrencial de sentimientos de fuerte lluvia poderoso y perfecto. Una tormenta de sonidos perturbantes de antes de quedarse dormida.
Ella, la chica que iba a lo suyo, con su vida fuera de lo establecido, pero dentro de las paredes de su orgullo. Iba con una especia de mueca mustia, un extraño dibujo abstracto que ocultaba su rostro. Un cuadro vanguardista que se adivinaba en sus ojos, una mancha nítida de color que embravecía su espíritu decaído, de espectro fantasmal asesinado por su propia sonrisa.
Era la máxima noción de la realidad que te daba cuando la mirabas con la luz de la madrugada o del mediodía, quizás por la noche.
Él, estaba fichado por miles de ojos en cada esquina. Con todas sus "movidas" en las que ellas andaban siempre detrás. Siempre maquinando cómo escapar de aquellos callejones sin salida.
Con el humo de un suspiro saliendo de sus labios, mezclado con el olor del tabaco y la desilusión.
Un alma rota por los miles de espejos en los que se miraba. Una tortura de belleza en su boca y en sus ojos. Tan distinto a todo aquello que detestaba. Tan parecido a su odio. Eran como almas gemelas separadas por un abismo de diferencias; con el único punto en común de ser dos almas.

El único que al acercarse provocaba electricidad en su piel, el único que despertaba en sus labios un cierto sabor a locura, a placer.
Sus ojos, chispeantes, se encontraban al alba, en sueños o entre sábanas. Ella tenía la vista en torno a su pensamiento, intentando descifrar cada escondido índice de sufrimiento.

Ella era la única melodía de su cabeza, aquella semejante al canto de la brisa que ondulaba su corta cabellera, acariciada por el sol.
Una misma metáfora utilizada una infinidad de veces, pero que nunca ha perdido su esencia.

Ahora ambos escrutan las luces nocturnas de la ciudad. Se besan con la intensidad con la que dos seres en ropa interior conservan sus prioridades.
Ella aparta sus manos de su espalda, un silencio inunda sus pupilas, un gran interrogante.
Él enciende un cigarrillo y se apoya contra la barandilla, solo para observar cómo la ceniza lucha por respirar en el viento.
Una palabra cruza la habitación como un halo de luz que llega desde lo alto. Ninguno entiende su significado, pero el verdadero temor llega cuando esa palabra ha salido de ambos labios.

domingo, 1 de febrero de 2015

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Fotografías en blanco y negro.
Que son capaces de mostrar más sentimiento que realidades.
Bohemios puñados de humo,
en oscuridades propias, en miradas que brillan más allá del papel,
y casi podemos deshacer su nudo de tristeza con nuestras manos.
Tomas de sonrisas espontáneas,
por sorpresa, recuerdos que cuelgan de paredes corroídas,
nunca cambian, siempre quedará esa sonrisa plasmada,
no hay forma de borrarla.
Lágrimas espaciadas, tiempos que se expanden,
arrugas que surcan rostros viejos,
capturas que permanecen con la misma juventud,
de una mirada salvaje y un cabello liso y largo,
en blanco y negro, en negro y blanco.
Y más allá del papel, aún se huelen las rosas frescas en su cuello,
la manzanilla en su pelo,
su crema esparcida por el cuerpo,
las marcas de su desvelo dibujadas bajo sus ojos,
sus manos entrelazadas al rededor del cuello.
Dos bocas que se juntan en un beso, y para el resto de la eternidad,
esas bocas seguirán juntas por el dichoso que calcó el botón en el momento justo,
aunque el amor se rompa,
fotografías en blanco y negro para las que no pasa el tiempo,
que no envejecen ni cambian,
que son inmortales, aunque muera el sentimiento que en ellas se refleja,
seguirá captado, como un fantasma traslúcido,
latiente en su pecho, enredado en su pelo,
colgando de su pared.







tabúes II

Existo y luego pienso.

Sobre todo aquello que nos condiciona a vivir,
el cuerpo humano es una escultura
modelada, de diferentes colores,
texturas y sabores.
Es una partitura en clave de sol,
o de fa.
Y si lo tratamos como un tabú,
solo conseguiremos menos educación,
más degenerados, más dañados.
Así que, hablemos abiertamente,
enseñémonos,
aprendamos los unos de los otros,
juguemos con nuestras diferencias,
y mostremos que lo único que nos diferencia
al hombre y a la mujer,
es un mínimo detalle que se esconde entre nuestras piernas.
Y gritemos lo que somos,
y lo que pensamos ser.
Deshibemonos, encontremos a nuestro igual,
sin deshechar a aquel diferente,
destapemos trozos de piel prohibidos,
y no nos avergoncemos,
no tenemos motivos, todos somos perfectos,
todos. Absolutamente todos,
en nuestra diversidad,
en la gordura y la delgadez,
en nuestra entrega,
en el físico y en lo moral,
que tabúes ni que historias,
llegamos al mundo por un motivo,
de una forma,
de un amor o de una noche apasionada,
existimos para pensar,
pensamos para existir,
dejemos de juzgar, de tratar, de ridiculizar,
todos nosotros tenemos derecho a enseñarnos,
a mostrar nuestra perfección,
nuestro sexo,
nuestra obra de arte.
Nuestra escultura.
Tenemos derecho a marcar nuestros cánones de belleza,
aquellos que se adapten mejor.
Y quien quiera cerrar los ojos, vía libre.

Lo que más me duele es que la sociedad critica aquel que muestra su cuerpo pero no a aquel opresor que dictó que la desnudez era obscena y vulgar.